Finaliza el primer ciclo de las Carreras de Sanlúcar: ‘Los rebeldes’, Alejandro Magno, Napoleón y Calígula

No se aprecia ningún rictus de cansancio -ni tampoco asomo alguno de desaliento- en los usuarios de esta playa de espejo cóncavo frente al Coto de Doñana. Tercer día del primer ciclo de las celebérrimas Carreras de Caballos. El evento hace las veces de expurgo de todo signo de sobrante rutina. Ni de lejos se atasca la diversificación ni la objetivación ni la delectación. La vida y su pertinente contexto, ahora, fluye. Cinco y media de la tarde: la franja derecha de la barra del chiringuito ya ha dado el nihil obstat para el servicio de café. La mayoría de las variantes más solicitadas -el cortado, el descafeinado de máquina, el latte machiato- derraman sus chorreones -con nostalgia de granos tostados y bien molidos- sobre ancho vaso de plástico alimentado por tres cubos de hielo que machihembra la leche con el frescor de tan cremosa bebida de sobremesa.

Un mini grupo musical – el solista central gasta voz cascada y sin embargo de veras afinada- interpreta el icónico tema ‘Mediterráneo’ -aquel hit de ‘Los rebeldes’ integrado en el álbum ‘Más allá del bien y del mal’ del año 1988 cuya letra, tan salpicada de la sal marina del ambiente de la costa, hizo furor entre los adolescentes que alternaban primeros amores en el verano de 1989-. Canturreen con quien esto escribe el bailable arranque de la canción que nos ocupa: “Qué agobio de verano tengo el cuerpo empapado en sudor. Se me cae la casa encima, ya no aguanto el calor. La vida ya no es vida en la ciudad. Llegó la hora de cambiar asfalto por mar. Cansado de vivir en una jaula, como un animal”.

El hipódromo ya esta afincado -enclavado- en la primera ubicación de la tarde. El público se reagrupa por zonas en derredor. Los niños -más o menos puntuales- siempre tienen preferencia. El apogeo de la memoria cobra sentido en la captación de la chavalería. Las carreras adquieren un sesgo de fascinación para la mirada infante. El arriba firmante, sin recolocarse en lontananza, observa cómo estos animales tan majestuosamente competitivos son un entronque -y no un enroque- de la Historia (veraz o literaria que fuese). Cuando el intelecto no es plomizo, los nombres propios se alinean -y nunca alienan- en la casilla de salida. Pongamos que, por imantación, se nos viene a las mientes -a pie de orilla- antepasados de estos equinos tales como el brioso y fiel corcel de Alejandro Magno bautizado como Bucéfalo o -paseando los márgenes nunca secundarios de las heroicas gestas medievales- Babieca, noble y leal compañero del Cid Campeador.

Los caballos que protagonizan la primera carrera de la jornada calientan motores como enrolados en una agradecida calma chicha. Observo los que, ingrávidos, encabezan el grupo. El primero presenta la factura gris, tan árabe, como aquel Marengo que acompañó a Napoleón Bonaparte en titánicas batallas como la de Waterloo. O, el segundo, albo, blanco como el enigma de toda amanecida, de nombre Palomo y perteneciente a Simón Bolivar. De haber pisado estas arenas el emperador romano Calígula de seguro hubiese distinguido, aquí en Sanlúcar, a su animal favorito con el sobrenombre de Incitatus II. Algún convecino y contertulio, metiéndose de hoz y coz en mis pensamientos, quizá me hubiese hecho referencia a un posible lapsus calami -por aquello de la asociación de ideas-, esto es: Secretariat: lo que traducido resulta: uno de los óptimos y eficaces e imbatibles caballos de carreras pura sangre de la historia de Estados Unidos -a la sazón ganador de la Triple Corona en 1973-. La playa de Sanlúcar no es genovesa ni rutilante. La semipenumbra no encuentra acomodo. Anhelo la jarra helada de cerveza -rubia ceniza- que pronto me echaré al coleto en alguno de los restaurantes de la Plaza del Cabildo.

 

Share this article

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *