Punto en boca para quienes confundan el trasero con las cuatro témporas. Ni a Sanlúcar de Barrameda hay que abordarla con trato diminutivo ni tampoco convertirla en comidilla del trágala del equívoco turístico. Cuando se avecinan las Carreras de Caballos todo adjetivo superfluo por descontado sobra. No concibamos -los unos y los otros, los tirios y los troyanos- un producto manufacturado (a la carta). Nones. Las Carreras -quien lo probó lo sabe, que diría el poeta a propósito del amor- trasciende al acontecimiento -en sentido lato- sobre las arenas. Mezclar el atún con el betún acarrea consecuencias perniciosas. Y, por lo demás, desdibuja la factura real, la exégesis, el adarme y la experiencia in situ, a pie de orilla. Vívelo, señalaría un eslogan de ocasión. Que no te lo cuenten, arbitraria el autor de otro lema andaluz -sin pensárselo dos veces ni tampoco encomendarse ni a Dios ni al diablo-. Fernando Sánchez Dragó aconsejaba el resultado saludable y salutífero de mezclarse estrechamente con la vida. Por su parte Carl Jung ya nos aleccionada que una vida no vivida -indiquemos ahora que un verano no vivido- es una enfermedad de la que se puede morir. Apliquémonos, por ende, el antídoto o, por mejor señalar, la pócima de este evento que Sanlúcar de Barrameda nos brinda gratis et amore.
La primera jornada del primer ciclo transcurrió dentro de los cánones establecidos: ni nadie sacó los pies del tiesto ni tampoco ningún caballo se desbocó. Eso sí: el acceso de los vehículos a esta ciudad de los sabrosos dioses atigrados -léase: los langostinos de padre y señor mío- colapsó toda fluidez. Me susurran voces autorizadas que Sanlúcar cuenta con poca Policía Local. El esfuerzo en este sentido de los agentes es ímprobo. Y loable el refuerzo de la Policía Nacional y la Guardia Civil. Todos ellos merecen un aplauso atronador. Por cómo también realizan su trabajo escoltando el hipódromo. El pistoletazo de salida de las carreras suscita no poca expectación. Varias generaciones de una misma familia se concentran en este instante de veraz preámbulo. Jamás cunde el pánico. Ni tampoco el descontrol durante el ínterin de los jinetes a escasos segundos del galope. Todo se enmarca bajo la calma chicha de un sol de justicia. Subsiste algo así como el ígneo zigzag carmesí que imaginariamente siempre se confronta a “la mariposa en cenizas desatada” descrita por Luis de Góngora en ‘Soledades’.
En los palcos las autoridades institucionales, los empresarios y los medios de comunicación conviven y conversan a cuento -al hilo- de la actualidad más crujiente. El protocolo se relativiza y la cercanía adquiere naturaleza de fraternidad. Las sonrisas encuentran almas gemelas en el prójimo. Lo extemporáneo es materia inexistente. Las charlas no sonsacan exclusivas siquiera periodísticas. La pujanza sólo se edifica desde los estaños de la franca cordialidad. Cuando anochece… despierta el apetito. Los restaurantes de la localidad ya paradójicamente han abierto de par en par sus terrazas. Las tapas de ensaladillas de marisco planearán sobre la pista de aterrizaje de las barras (limpias como la patena). Las copas de manzanilla adelantan por la izquierda a las jarras de cerveza. Sanlúcar se aduna y se atempera. Quienes anduvimos -sin colarnos de hoz y coz- en los pliegues del ambiente pudimos entonar a pies juntillas el famoso título de la no menos celebérrima obra de Pablo Neruda: ‘Confieso que he vivido’.
Por Marco Antonio Velo, académico de la Real Academia de San Dionisio y de la Real Academia de San Romualdo













