No al alba sería -como en la palmaria escena del ingenioso hidalgo- sino a la propia de la ibérica siesta –“con pijama y orinal” diría Camilo José Cela- nos disponemos a desandar en contradanza el paseo marítimo de Sanlúcar. Ahora la ciudad nada abreva ni nada abrevia ni nada diezma. Algún pimpollo se bate en retirada a la caza y captura de un sombrajo al mejor postor. El calor aprieta como el bolsillo cuando los gastos vocean -y hasta boxean- sin orden ni concierto. Nosotros, los aficionados a las carreras de caballos, sólo reclutamos efluvios -y no subterfugios- de felicidad. La claridad de la sobremesa es la antítesis de todo tenebroso lienzo barroco. Los goznes de los sentidos se abren, en un santiamén, de par en par. Subyace como un lúdico imperio de las emociones. La honestidad, hic et nunc, singla semejante a la diástole de quien, pletórico, se considera socio del común de los mortales. Las ensaladillas con pulpo a la gallega deslizan su base a mesa y mantel. El hambre no se considera subsidiaria de la necesidad. Los comensales -siempre anónimos- hacen las veces de críticos gastronómicos. “Mira, hijo a los langostinos de tomo y lomo de esta tierra de antiguo se le denominaban dioses atigrados”. En Sanlúcar la gastronomía -ese arte suscrito con letras capitulares- por lo común, y vez tras vez, deja buen sabor de boca. Hay incluso quien se chupa los dedos sin la treta de presentarse como un hacendoso bon vivant.
El antaño ochentero vaso tubo ha dado paso a la acristalada anatomía curvy de la copa de balón. La modernidad sabe marcar de rosca un gol por la escuadra en la portería del saber vivir y beber. El XXI no es necesariamente el siglo de las siglas, como el XX, sino de la practicidad y el pragmatismo. Cuando nos comunicamos con el prójimo debemos abrir la mano y no cerrarla como en puño de autodefensa: la copa de balón nos insta a ello a propósito de una conversación nunca constreñida sino abierta al confesional -quid pro quo- vis a vis. Las amplias pantallas planas -cuasi a la manera de los cines de verano- de los chiringuitos también contribuyen al seguimiento de las carreras de caballos desde la posición poliédrica de los simultáneos puntos de conexión. El ambiente social produce su efecto multiplicador. Entre el filo de las ferias locales y la heterogeneidad del enfoque bailongo. Mini grupos o solistas autosuficientes principian a interpretar temas pegadizos a la hora lorquiana de las cinco de la tarde, mitad taurina mitad digestiva. No abundan los chupitos de finas hierbas -o su variante alternativa de vodka caramelo- pero sí el ron cola o el gin tonic -ese bálsamo para el espíritu-.
A pie de hipódromo, a pie de gradas, a pie de carpa, a pie de orilla la congregación de personas encarna una disposición e inclusive una pretensión muy diferente: en el habla y hasta en el argot. Primera jornada del segundo ciclo: la vitalidad y el dinamismo son como una máquina engrasada que sólo precisan comodidad del bañador y la guayabera tal etiqueta consignada en ninguna parte. Hoy las carreras son tempraneras. Antes de las cuatro de la tarde ya el galope se divisa en primera línea de salida. La belleza de la estampa detiene el tiempo. Si estuviese a mi lado el académico Francisco Antonio García Romero de seguro emparentaría estos caballos a los históricos Othar, Al-Buraq, Siete Leguas, As de Oros o, quizá bajando el pistón de la universalidad -o no tanto- al televisivo Furia. No hay caballo malo. Ni siquiera el que, campeando el 11 a su espalda, figura entre el 10 de la sota y el 12 del rey, en la baraja española. Todo sea a mayor gloria del tute, la brisca o el guiñote.












