Sanlúcar, 8 de agosto de 2026.- Como en la filosófica teoría del eterno retorno. Todo, cada cierto tiempo, vuelve a suceder. A veces sin ninguna pauta específica del calendario. En otras ocasiones según sople el viento de levante del porvenir. Pero, por lo común, los acontecimientos consagrados cuentan con un tempus determinado. E incluso predeterminado. Es el caso, verbigracia, de las Carreras de Caballos de Sanlúcar. O cómo el evento se torna acontecimiento (tambien social). En la intrahistoria de tamaña cita anual no encontramos el interregno de ninguna sequedad. Sino -más bien a la inversa- todo un caleidoscopio de luces, sol, un destello de plateresco e inmanencia, familia reunida, amigos que se amalgaman, copas alzadas, gastronomía de Bajo Guía, un guiño insondable a lo estrictamente atemporal. ¿Exageramos si apostamos doble contra sencillo a favor de la denominación e inclusive nominación que merece este distintivo de calidad -¡siempre al galope!-, esto es, si la bautizamos como el eje cenital del verano de nuestro sur del Sur?
Sobre la vidriera histórico-monumental de Sanlúcar de Barrameda se divisa la confluencia de al menos tres estilos artísticos: el barroco -dígase por ejemplo la iglesia de San Nicolás-, el gótico-mudéjar -léase la Casa de Medina Sidonia- y el renacimiento -verbigracia la parroquia de Santo Domingo-. Esta divisa no es mero ornato, sino tambien metáfora de una tipología emocional del sanluqueño a nativitate. Quienes visitan la ciudad -e incluso la repueblan en estos días de dinamismo ilimitado- perciben la sensibilidad de una tierra cuya orografía irradia el frescor de la brisa marina y la linealidad cómplice de un río. Entre el bálsamo catártico de una botella de Manzanilla y el frontal del Coto de Doñana observarás caballos que corren. El animal, la orilla del mar y la destreza deportiva de los jinetes conforman un solo haz -sin envés-. Ahora todo es carátula y nada adquirirá la vulnerabilidad de la celosía. La playa entonces se transmuta. Las familias se arraciman. La hospitalidad se agiganta. El barniz de la arena clara es cimiento de convivencia. De los chiringuitos brotará la mejor banda sonora en directo…
A medida que la tarde caiga, tu capacidad sensitiva anhelará otra jornada bis. Otra experiencia ídem. El ambiente se acompasa, la multitud no se contradice. Cae, solemne, la tarde. Entre la playa de las Piletas y la Calzada el cielo por trechos se apreciará pronto rojizo y abultado: nace ipso facto la puesta de sol: esa divisible confluencia entre lo divino y lo humano. El paisaje, a no dudarlo, te retrotrae a sucesivos adjetivos de los poetas de la generación del 27. Aquí Gerardo Diego hubiese escrito metáforas, unas dentro de otras, como una caja literaria de muñecas rusas. La noche imanta con la Plaza del Cabildo y sus restaurantes en plena ebullición: empero no percibirás ningún estridente ruido. Calma chicha a mesa y mantel. Primera jornada del primer ciclo: espejo de seña identitaria, turismo de calidad y renovación de una idiosincrasia sin parangón.
Por Marco A. Velo
Académico de la Real Academia de San Dionisio de Jerez y de la Real Academia de San Romualdo de San Fernando













