El pasado domingo se celebraron, en nuestra comunidad, unas elecciones en las que, a diferencia de las celebradas cuatro años atrás, el presidente Moreno Bonilla no pudo revalidar la mayoría absoluta. Eran unos comicios complejos, pues se presentaba, una vez más en unas elecciones autonómicas, un exmiembro del Gobierno de Pedro Sánchez, en este caso nada más y nada menos que la exvicepresidenta María Jesús Montero, “la mujer más poderosa de la democracia”. También era el momento de comprobar si pasaría factura al presidente andaluz el progresivo deterioro de la sanidad pública, como mostró el desagraciado y conocido caso de los cribados de cáncer de mama…
En Sanlúcar de Barrameda, localidad regida por un gobierno de izquierdas —concretamente, de Izquierda Unida, que, en este caso, formaba parte de la coalición Por Andalucía—, los resultados no contrastan apenas con los de la comunidad autónoma, puesto que casi la mitad de los treinta mil sanluqueños que votaron otorgaron su confianza al Partido Popular (PP), seguido del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Vox, Adelante Andalucía y, en quinto lugar, el partido que ostenta el poder en el municipio ubicado frente a Doñana.
El primer aspecto destacable es que el 46% de los sanluqueños mayores de edad decidieron no acudir a las urnas, un dato que pone de manifiesto el desencanto de muchos de nuestros vecinos con respecto a la política, aunque en otros comicios la participación se elevase unos puntos más. Es lógico hallar este nivel de absentismo electoral en un municipio con altas tasas de desempleo y de pobreza, en el que no se percibe una labor eficiente por parte de los actores políticos —no solo a nivel nacional o autonómico—.
Es, precisamente, en este contexto donde triunfan los movimientos populistas, los cuales aprovechan la situación precaria de miles de personas para, a la vez que criticar todos los “males” del país, prometen una prosperidad económica para la que es necesaria acabar con algún “enemigo interno”, es este caso, los inmigrantes. Resulta sorprendente cómo la derecha ha conseguido inocular en buena parte de la sociedad que el problema de los pobres lo han causado únicamente otros pobres, no políticos y empresarios que actúan impunemente en el mundo para incrementar sus patrimonios, independientemente de quien pague las consecuencias.
No es una novedad contemporánea ese fenómeno particular basado en ciudadanos de clase baja que deciden votar a partidos que recortan el gasto público, privatizan servicios públicos o reducen impuestos a los más pudientes, ya que es algo que ha existido en nuestro país desde hace siglos. Sin embargo, no considero que sea lo idóneo para un municipio que vive de lo que emana el Guadalquivir —que algunos quieren contaminar— y que requiere de inversiones para el desarrollo económico local y la creación de empleos de calidad, que reduzcan la precariedad laboral existente en esta sociedad hastiada y de derechas.
Juanfran Vidal.












