Es más que conocido el problema existente en la sociedad —y cada vez mayor— en torno al uso de las nuevas tecnologías, sobre todo de los teléfonos móviles, esos instrumentos inseparables que parecen haberse convertido en una sexta falange de nuestra mano. Es complicado, hoy día, actuar en diversos contextos sociales sin mirar redes sociales como Whats App, Instagram, TikTok… Solo son necesarios varios minutos sin luz en el hogar para comprobar la más que notoria relación de dependencia existente entre el ser humano actual y los dispositivos móviles, sobre todo entre los más jóvenes. Todo ello desemboca en la denominada “nomofobia”, el miedo a estar sin teléfono. Este empleo desmesurado de estas herramientas puede conducir a problemas de audición, dolores de cabeza, menor eficiencia cognitiva e, incluso, la depresión.
El uso exagerado, por parte de los adolescentes, de los móviles es una realidad palpable en el contexto escolar —mi entorno diario—. Pese a que es una norma común en los centros educativos la prohibición del empleo de estos artilugios en las aulas, es significativo, al menos en Sanlúcar de Barrameda, el número de alumnos —sin importar la edad— que los portan en los institutos. Es por ello que muchos docentes abogan por ser taxativos en el cumplimiento de dicha normativa, señalando que fomenta la distracción en los estudiantes o que viola derechos fundamentales, por ejemplo, al fotografiarse a los profesores.
Preferiría indagar en uno de los que, a mi juicio, se trataría del efecto más dañino del uso desmedido de los móviles —y de otros recursos tecnológicos—, que mencionaba ya en el primer párrafo: la pérdida de eficiencia cognitiva. Precisamente, los docentes debemos estimular cognitivamente a los alumnos en una etapa trascendental como es la adolescencia, periodo en el que muchos jóvenes, hoy día, se convierten en adictos a unos instrumentos que contribuyen a limitarlo cognitivamente. Los profesionales de la enseñanza también tenemos que formar a ciudadanos con valores democráticos y con espíritu crítico, lo que se complica si nos encontramos en el aula con jóvenes a los que les cuesta razonar, retener contenido o relacionar conceptos.
Este problema, además, se ve recrudecido con el manejo de la famosa Inteligencia Artificial (IA). Es necesario, para utilizar esta valiosa herramienta que la tecnología moderna nos ha proporcionado, estar bien formados porque, aunque la IA es útil para diferentes tareas, no debemos dejar nunca que nadie piense por nosotros —ni un humano ni mucho menos una máquina—, ya que, el día que dejemos de razonar, perderemos la verdadera condición humana, aquella que nos permite ser libres.
En definitiva, los docentes tenemos una obligación moral —y más teniendo en cuenta que, en muchos hogares, los familiares no pueden desempeñar esa labor educativa por falta de conocimientos—, que es la enseñanza del empleo riguroso y correcto de los móviles o las tecnologías, para que la inteligencia artificial no derive en ignorancia artesanal, la cual no ayudaría lo más mínimo al progreso de nuestra localidad, más bien contribuiría a la germinación de la semilla ultraderechista que tan vertiginosamente crece en los distintos campos de nuestro mundo.
Juanfran Vidal













