EDITORIAL | La política del «pequeño parche» o el arte de inaugurar barandillas

Camine usted por la Avenida Doctor Jaime Aparicio Santos, allí donde la carretera de La Jara se abraza a la Estación Depuradora, y se encontrará con una novedad que, a tenor de los despachos oficiales, parece equiparable a la construcción del acueducto de Segovia: han puesto una barandilla. Lo que en cualquier país con la cabeza en su sitio sería puro trámite de mantenimiento, una labor gris de operario y tornillo, se nos vende hoy con el boato de las grandes gestas. Tras años de un abandono que ya es marca de la casa, donde los huecos en la estructura eran una invitación al descalabro para el peatón, el Ayuntamiento ha decidido, por fin, hacer su trabajo.

Dice la alcaldesa, Carmen Álvarez, que estas «pequeñas actuaciones» son muy agradecidas por los vecinos. Y no le falta razón, porque el ciudadano, ya resignado a la mediocridad, se conforma con que no le roben el suelo bajo los pies o con que la valla donde se apoya no se le quede en la mano por el óxido. Pero el análisis no puede quedarse en la superficie del metal recién pintado. Resulta desolador observar cómo el nivel de la política local ha descendido hasta tal punto que la sustitución de unos paños de hierro, sustraídos o perdidos por la desidia de anteriores gobiernos, se convierte en el eje de una comunicación triunfalista.

Es el triunfo de la política del detalle insignificante. Mientras nos entretienen con la foto del remache y el discurso de la «escucha activa», Sanlúcar sigue esperando que alguien se siente a dibujar, con trazo firme y largo aliento, el modelo de ciudad que necesitamos para el siglo XXI. Se nos llena la boca con la «ciudad amable», pero esa amabilidad suele ser una máscara para ocultar la ausencia de debates de fondo. ¿Dónde está el plan para la vivienda pública que fije a los jóvenes a su tierra? ¿Dónde el impulso industrial que saque a esta esquina del mapa de las estadísticas del paro? ¿Cuándo hablaremos de infraestructuras que no se limiten a reponer lo que otros dejaron pudrir?

Garantizar que un vecino no se despeñe por un terraplén no es un éxito político; es el grado cero de la administración. Elevar lo ordinario a categoría de noticia es una maniobra hábil para que no miremos hacia donde realmente duele: la falta de una visión estratégica que vaya más allá de la próxima foto o la próxima campaña. La barandilla está muy bien, faltaría más. Pero no permitan que los árboles del mantenimiento básico nos impidan ver el bosque de una Sanlúcar que sigue necesitando, más que parches y pinturas, un proyecto real de futuro.

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