Editorial | Sanlúcar, sus tradiciones y el armario de la alcaldesa

Hay cosas que solo pasan en Sanlúcar. Una de ellas es que la alcaldesa de la ciudad tenga tiempo para convertirse en figurante de una recreación histórica, desfilar disfrazada por las calles y ocupar un lugar protagonista entre cientos de participantes, pero parezca tener una agenda bastante más complicada cuando se trata de acudir a determinados actos que forman parte de las tradiciones más arraigadas de la ciudad.

Que nadie se lleve a engaño: la cuestión no es que Carmen Álvarez se disfrace. Cada cual es muy libre de participar en una recreación histórica, ponerse el vestuario que considere oportuno y disfrutar de una jornada festiva. El problema aparece cuando quien se disfraza no es cualquier ciudadano, sino la primera autoridad de Sanlúcar. Porque una alcaldesa no deja de ser alcaldesa cuando se pone un traje de época.

Este domingo, la regidora sanluqueña presidió el pasacalle de la recreación de la llegada de Elcano y los supervivientes de la Primera Vuelta al Mundo, ataviada para la ocasión y acompañada por cientos de figurantes. El desfile recorrió buena parte de la ciudad y terminó con la tradicional entrega de la corona de laurel. Hasta ahí, perfecto.

La duda es otra: ¿dónde está la alcaldesa cuando Sanlúcar celebra otras de sus tradiciones más importantes?

Porque resulta difícil no establecer una comparación cuando una alcaldesa está dispuesta a convertirse en personaje de una recreación histórica, con todos los focos y cámaras alrededor, mientras su presencia institucional en determinados actos religiosos de la ciudad —como la procesión de la Virgen de la Caridad o el Santo Entierro durante la Semana Santa— no tiene la misma representación que históricamente han mantenido alcaldes y alcaldesas de Sanlúcar.

Y aquí conviene hacer una precisión importante: no se trata de pedirle a Carmen Álvarez que crea, rece o participe religiosamente en nada. Un alcalde no tiene que compartir las creencias de sus ciudadanos en un Estado acofensional como el nuestro. Tiene que representarles. Y Sanlúcar es una ciudad plural.

Una ciudad donde conviven quienes acuden a una iglesia y quienes jamás pisan una. Quienes participan en una procesión y quienes prefieren una recreación histórica. Quienes celebran la Semana Santa y quienes disfrutan del Carnaval, de las Carreras de Caballos, de la Feria o de la Circunnavegación.

Precisamente por eso, la obligación de una alcaldesa no es elegir sus tradiciones favoritas. Es estar donde está Sanlúcar.

La Virgen de la Caridad, además, no es simplemente una cuestión religiosa. Es parte de la historia, de la identidad y del patrimonio sentimental de la ciudad. La propia imagen ostenta el título de Patrona y Alcaldesa Perpetua de Sanlúcar.

Y la Semana Santa tampoco puede despacharse como una cuestión exclusivamente confesional. El propio Ayuntamiento la define como un acontecimiento «tradicional, social, patrimonial y turístico de primer orden» y destaca su importancia económica para la ciudad.

Entonces, ¿por qué sí ponerse el traje de época para representar a Sanlúcar ante vecinos y visitantes y no asumir con la misma naturalidad la representación institucional en otros acontecimientos profundamente arraigados en la ciudad?. ¿Por qué una tradición sí y otra no?. Quizás la cercanía de las elecciones de 2027 sea la respuesta.

Porque quizá el problema no esté en la tradición. Quizá esté en el escaparate. Y aquí llegamos al segundo asunto que merece una reflexión: el papel de la alcaldesa dentro del propio desfile:  una cosa es participar y otra, muy distinta, es que la primera autoridad municipal termine siendo uno de los personajes más visibles de la representación.

En una recreación donde cientos de personas trabajan, participan y se visten durante horas para devolver a Sanlúcar a 1522, quizá no sea necesario que la alcaldesa compita por protagonismo con Elcano. La alcaldesa no necesita disfraz para representar a Sanlúcar.

Su cargo ya la convierte en representante de la ciudad. Y quizá habría sido mucho más elegante que su papel fuera el de alcaldesa que acompaña, recibe, saluda y agradece a los participantes, dejando que los verdaderos protagonistas fueran quienes llevan meses preparando la recreación.

Porque cuando una autoridad aparece en el centro de una celebración disfrazada, entre focos, cámaras y fotógrafos, existe una frontera muy fina entre participar en una fiesta y convertirse en parte de la noticia. Y un alcalde debe saber dónde está esa frontera.

Sanlúcar necesita una alcaldesa presente. Presente en las recreaciones históricas, por supuesto. Presente en las Carreras de Caballos. Presente en la Feria. Presente en Carnaval. Presente en los acontecimientos deportivos. Presente en las fiestas patronales. Presente en la Semana Santa. Presente en los actos culturales. Presente, en definitiva, allí donde Sanlúcar se representa a sí misma.

Y si la alcaldesa considera que su presencia en todos ellos no es posible, al menos debería explicar con qué criterio se decide dónde sí y dónde no.

Porque sería una lástima que dentro de unos años, cuando alguien repase las fotografías de estos tiempos, descubra que la alcaldesa estuvo magníficamente caracterizada para representar a una mujer del siglo XVI… pero que en algunos de los momentos más importantes de la tradición sanluqueña del siglo XXI no encontramos a la alcaldesa, sino su ausencia. Y eso sí que sería una recreación histórica. Aunque, en este caso, sin necesidad de vestuario.

 

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