Hay una forma particularmente pobre de gobernar una ciudad: esperar a que el problema salga en los periódicos para descubrir que existe. Otra todavía peor consiste en conocerlo, ignorarlo convenientemente y, cuando la indignación se hace pública, correr a buscar una fotografía, una solución apresurada y, si es posible, un titular que permita al político presentarse como el salvador del incendio que él mismo dejó propagarse.
Eso no es gobernar. Eso es ir detrás de la actualidad con una manguera y cara de circunstancias.
Resulta preocupante comprobar cómo algunos gobiernos municipales parecen haber sustituido la planificación, las iniciativas y un modelo de ciudad por una especie de radar de noticias. No hay movimiento hasta que alguien publica. No hay reunión hasta que alguien denuncia. No hay solución hasta que las redes sociales hacen ruido. Y entonces, de repente, aquello que llevaba días, semanas o meses sin merecer atención se convierte en una urgencia institucional.
El último ejemplo lo hemos visto en Sanlúcar.
La asociación Mar de Alegría, vinculada a una causa tan noble como la captación de fondos para la investigación de enfermedades raras infantiles, se vio obligada a hacer pública en redes sociales la anulación de una carrera solidaria. Hasta ese momento, según lo sucedido, no se había encontrado una solución consensuada a los problemas que impedían celebrar el evento. Pero bastó con que la noticia comenzara a circular por los medios y las redes de la ciudad para que la maquinaria municipal, hasta entonces aparentemente inmóvil, descubriera que aquello requería atención.
Y entonces llegó la llamada. Inmediata. A la Alcaldía.
No porque de pronto hubiera aparecido una solución caída del cielo. No porque se hubiera producido un milagro administrativo. Sino porque el problema ya tenía titulares, comentarios y ciudadanos preguntándose cómo era posible que una actividad solidaria, destinada además a recaudar fondos para investigar enfermedades que afectan a niños, pudiera cancelarse sin que nadie hubiese puesto sobre la mesa una alternativa antes de que estallara públicamente el asunto.
Ese es el problema. El político que no escucha al ciudadano cuando llama a su puerta, pero corre a abrir cuando escucha a la prensa llamando al timbre.
La gestión del delegado de Seguridad en este episodio deja una pregunta incómoda: ¿por qué hubo que llegar a la exposición pública del conflicto para sentarse a negociar? ¿Por qué la solución no pudo buscarse antes, de puertas para adentro, con diálogo, voluntad y el mínimo sentido común que se le supone a quien ocupa una responsabilidad pública?
Porque un Ayuntamiento no debería funcionar como una unidad de emergencias dedicada a apagar incendios mediáticos. Para eso están los políticos: para detectar los problemas antes de que se conviertan en escándalos, hablar con quienes los sufren antes de que tengan que acudir a Facebook y buscar soluciones antes de que aparezca un micrófono delante.
Gobernar a golpe de titular revela, además, algo más profundo y bastante más inquietante. Sugiere la ausencia de una estrategia. Porque quien tiene un proyecto de ciudad sabe hacia dónde quiere ir y trabaja para llegar. Quien tiene iniciativas las pone en marcha. Quien escucha a la sociedad civil no necesita esperar a que ésta monte una campaña pública para descubrir sus necesidades.
Pero cuando la agenda política depende de lo que publiquen los medios, el Ayuntamiento deja de conducir y se limita a seguir las luces del vehículo de delante.
Hoy una carrera solidaria. Mañana una calle destrozada. Pasado mañana un servicio público que no funciona. Y así, problema tras problema, denuncia tras denuncia, titular tras titular. Una administración convertida en comentarista de la actualidad, siempre llegando después y procurando, eso sí, que la fotografía de la solución salga lo suficientemente grande.
Porque ahí aparece el segundo problema: el afán de notoriedad.
No basta con solucionar. Tiene que aparecer quien lo
solucionó. No importa tanto haber trabajado para evitar que el conflicto ocurriera como aparecer en escena cuando ya existe, levantar la mano y tratar de anotarse el tanto de la noticia del día. Una vieja costumbre de cierta política: dejar que el paciente empeore para entrar en la habitación con una venda y reclamar después el mérito de haberle curado.
Los ciudadanos, sin embargo, no necesitan gobernantes pendientes del próximo titular. Necesitan responsables públicos capaces de trabajar cuando no hay cámaras, cuando no hay aplausos y cuando nadie está tomando nota. Necesitan políticos que hablen con las asociaciones antes de que éstas tengan que gritar, que resuelvan antes de que los medios publiquen y que entiendan que una denuncia pública no debería ser el botón que activa la maquinaria municipal.
Lo ocurrido con Mar de Alegría debería servir, precisamente, para una reflexión seria en el Ayuntamiento de Sanlúcar. Una carrera solidaria destinada a ayudar a la investigación de enfermedades raras infantiles jamás debería haber necesitado convertirse en noticia para que sus organizadores fueran escuchados.
Porque si para conseguir una reunión hay que publicar primero el problema, si para obtener una respuesta hay que generar polémica y si para encontrar una solución hay que poner al gobernante frente al espejo de los medios, quizá el problema no sea la comunicación.
Quizá el problema sea la forma de gobernar.
Y una ciudad no se gobierna leyendo cada mañana los titulares para saber qué toca arreglar. Eso, como mínimo, no es una estrategia. Es una mala costumbre.
Y como todas las malas costumbres, termina pagándola siempre el mismo: el ciudadano.











