A menos de un mes de las elecciones al Parlamento andaluz del próximo 17 de mayo, hay un fenómeno que se repite con la precisión de un reloj suizo… o de un mitin bien calculado: la súbita euforia inversora de nuestros alcaldes y alcaldesas. De pronto, los despachos municipales, hasta ayer templos de la contención presupuestaria, se convierten en fábricas de promesas, proyectos y millones que brotan como setas tras la lluvia. Qué oportuno, qué sincronía tan admirable.
El caso de Sanlúcar de Barrameda es, en este sentido, un pequeño manual de campaña en tres actos. La alcaldesa de Izquierda Unida, Carmen Álvarez, ha anunciado en apenas dos semanas un tríptico de inversiones que haría palidecer a cualquier consejería autonómica: 1,58 millones de euros para retomar las obras del Mirador del Quinto Centenario, 1,1 millones para levantar ocho viviendas públicas de alquiler y cerca de 300.000 euros para la remodelación del parque del Espíritu Santo. Todo ello envuelto en ese tono solemne con el que se anuncian las grandes gestas… aunque, en este caso, las gestas sean más bien de papel.
Porque, claro, la letra pequeña —esa que nunca aparece en los titulares ni en los vídeos promocionales— cuenta otra historia. Ninguno de estos proyectos cuenta con consignación presupuestaria real en las cuentas municipales. Y cuando la tiene, es con cargo a planes de otras administraciones, como ese cajón- desastre o “Acuerdo Doñana” que aparece en escena con cifras que rozan lo simbólico. Tampoco hay rastro de licitaciones abiertas, procedimientos administrativos en marcha ni calendarios definidos. Es decir: hay anuncios, pero no hay obra.
Lo de las viviendas públicas merece capítulo aparte. Se anuncian ocho, se cuantifican en más de un millón de euros y se presentan como una respuesta firme al problema del acceso a la vivienda. Pero, atención al detalle: se construirán —o no— si la oposición aprueba el presupuesto municipal de 2026 y si, además, el Gobierno local logra dar forma a inversiones dentro del superávit de 15 millones de euros actual. Traducido al castellano llano: se construirán si se alinean los astros, si los rivales políticos colaboran y si la economía municipal se comporta como un alumno ejemplar. Es decir, se construirán en el mismo lugar donde viven las promesas electorales: en el terreno de lo hipotético.
Este tipo de anuncios no son nuevos, ni exclusivos de un color político. Forman parte de una liturgia que se repite elección tras elección. Se anuncian proyectos que no están listos, se inflan cifras que no están respaldadas y se juega con las expectativas de una ciudadanía que, con razón, empieza a distinguir entre gestión y propaganda. Porque gobernar no es anunciar; gobernar es ejecutar. Y entre una cosa y otra media un abismo que no se cubre con ruedas de prensa ni con infografías vistosas.
Al estilo de Arturo Pérez-Reverte, uno diría que aquí hay más de teatro que de política, más de escenografía que de planificación. Se levanta el telón, se presentan los decorados —millones, proyectos, titulares— y se espera el aplauso del respetable. Pero cuando cae el telón, cuando pasan las elecciones y la realidad vuelve a imponerse, lo que queda no es una obra terminada, sino un escenario vacío.
Y mientras tanto, los ciudadanos, que no son figurantes sino los verdaderos protagonistas, siguen esperando algo mucho más sencillo y mucho más difícil: que lo que se anuncia se haga. Sin fuegos artificiales, sin cálculos electorales y sin esa costumbre tan arraigada de confundir el deseo con la realidad.
Porque a estas alturas, lo que indigna no es que se prometa. Lo que indigna es que se prometa sabiendo que, probablemente, no se va a cumplir.










