Gobernar expulsando
El último pleno municipal dejó una imagen difícil de olvidar. No por un gran debate, ni por una decisión histórica, sino por algo mucho más revelador: la expulsión por parte de la Alcaldesa de un grupo completo de concejales del Salón de Plenos, ejecutada con una actitud soberbia y chulesca que muchos vecinos todavía comentan con estupor.
Al parecer, discrepar ya no forma parte del juego democrático en nuestro Ayuntamiento.
Preguntar molesta. Insistir incomoda. Y disentir, directamente, se castiga con la expulsión. La escena fue tan clara como preocupante: una Alcaldesa atrincherada en su autoridad, incapaz de tolerar la crítica, optando por el gesto autoritario en lugar del diálogo: “¡Todos a la calle!”.
No era la primera vez. Vecinos del pueblo pueden dar fe de que en otros plenos también han sido expulsados ciudadanos por el simple hecho de intervenir, opinar o mostrar desacuerdo. Personas que acudían al Ayuntamiento, ese espacio que se supone público, para ejercer su derecho a participar, y que acabaron tratadas por la Alcaldesa como un problema a eliminar del escenario.
Estos comportamientos no son un hecho aislado. Es coherente con la forma de gobernar de la Alcaldesa basada en el abandono del pueblo, el incumplimiento de promesas y un trato cada vez más vejatorio hacia quienes no aplauden. Cuando no hay resultados que mostrar, la crítica estorba. Y cuando la crítica estorba, se expulsa.
Quien haya seguido mínimamente la vida del pueblo sabe que el enfrentamiento no se limita a la oposición política. La lista es larga y cada vez más variada: colectivos vecinales, trabajadores municipales, clubes deportivos, hermandades… Todos, por lo visto, equivocados. Todos conflictivos. Todos molestos. Todos prescindibles.
Gobernar exige más formación democrática que mandar callar. Gobernar no es imponer silencio. No es levantar la voz. No es señalar la puerta. Gobernar es escuchar incluso cuando incomoda, dialogar incluso cuando cansa y respetar incluso cuando se discrepa.
La Alcaldesa gobierna bajo las siglas de Izquierda Unida, una formación que presume de diálogo social, participación ciudadana y defensa del tejido asociativo. Al menos en los programas. Porque en la práctica, resulta llamativo comprobar con quién habla la Alcaldesa… y con quién no. Mientras colectivos históricos del pueblo encuentran la puerta de la Alcaldía cerrada, las únicas reuniones que trascienden con naturalidad son con Vox.
Sí, Vox. Ese partido que representa todo lo contrario a lo que dice defender la izquierda transformadora. Cosas de nuestra Alcaldesa: una se presenta como adalid del progreso y acaba encontrando su espacio de confort en el extremo opuesto.
Una curiosa forma de entender la política de izquierdas, donde la participación ciudadana molesta y la coherencia ideológica se vuelve flexible según convenga. Cuando una alcaldesa “de izquierdas” acaba distanciada de todos y entendida con Vox, quizá no estemos ante una paradoja, estemos ante un fraude.
JEREMÍAS











